Miguel y la Negra

Foto Miguel y la Negra

Publicada originalmente en la sección Zona Franca de Diario Uno de Mendoza. La crónica fue incluída luego en la antología de escritores mendocinos titulada “Los monstruos bicéfalos”, Ediciones Culturales de Mendoza - 2019.

 

CRÓNICA

Miguel y la Negra trabajan juntos desde hace poco más de ocho años. Ella tira el carro ladeado desde donde él mira cómo el mundo, de ocho de la mañana a seis de la tarde, le tarasconea los garrones. Lo grita, lo insulta, lo apura y bocas con todos los dientes le dicen negro de mierda, detrás del parabrisas. Miguel y la Negra ya se conocen todas las puteadas. Ya han aprendido a reconocer el asombro de los chicos, que viajan seguros en el asiento trasero de los autos, y que se fascinan con el caballito ¡Mirá, mirá!. También saben cómo los padres y las madres, casi siempre, les enseñan –se puede ver el “insúltelo con mímica” detrás de los vidrios de los vehículos- que ese no es un caballito inocente, como el que le tiene que gustar a un chico, como el que alquilamos cuando vamos al campo -¿Te acordás que bonito era?, hay que buscar esas fotos amor-, ni tampoco como los que se ven en las películas ¡Nada que ver hijo!. Ese par que obstaculiza el tránsito es otro cosa, una sociedad espantosa, un delincuente y su cómplice. Como a los 11 los chicos aprenden la lección de los grandes y no la olvidan nunca más.

La Negra es una yegua zaina colorada y Miguel es Miguel Olivera, un muchacho más joven de lo que parece. Tiene 47 años, vive en los 5 mil lotes de Las Heras desde hace muchos años, no quiso hacerme la cuenta, pero se ha pasado casi toda su vida en esa barriada, una de las más históricas y populares de Mendoza.

Al Miguel y a la Negra los conocí hace algunos días. Buscando más historias sobre los que viven del reciclado entendí que con la de ellos alcanzaba. Nos vimos a la salida de una chacharita en la calle Pedro Pascual Segura, de Las Heras. Miguel tenía el último turno para descargar y vender lo que había recogido en el carro durante el día. Unas pocas latas, vidrios y bastante cartón.

El hombre salió de la chacharita con cien mangos justos en el bolsillo de la camisa. La Negra iba briosa por la hora, por el carro vacío y la costumbre de que a la entradita del sol le toca comer y come.

Poca cosa es un tipo pálido con una libretita de apuntes en la mano, frente a un hombre curtido con su carro y su animal. Así que lo tuve que encarar con simpatías que no tengo.

-           ¿Qué dice jefe cómo va? ¡Está gordita la loca eh, come lindo parece! ¿Cansado?.

Miguel, con dos riendas en una mano y prendiéndose un Kent me miró desde el fondo de su experiencia como diciendo “otro boludo raro que quiere una vueltita”, pero me respondió con paciencia y educación.

-          Cansado vea, con ganas de llegar a la casa para tomar unos mates y que la Negra se mande la ración de forraje, porque si no el motor no funciona ¡eh!. Además hay que llegar antes de que se ponga oscurito…

Me dijo Miguel del modo más amable que pudo, como pidiéndome permiso para seguir con su vida. La Negra, entre las varas del carro, cabeceaba y quería sacudirse las anteojeras para saber quién era el que demoraba la rutina. Cuando me quedé sin preguntas sobre la edad de “la bicha”, el pelaje, el estado de los cascos, el peligro de las latas dentro de la chacharita, le pregunté:

-          ¿Y qué tal este laburo tocayo? - Afectando una falsa familiaridad que ahí nomás se me vino encima.

Miguel le dio la última seca al Kent, que se van como nada, y me dejó caer desde el pescante del carro lo siguiente:

-          Mire, este laburo es lo pior que hay en el mundo. Te cagás de calor, de frío, si llueve te mojás, el zonda te vuelve loco, tenés que andar revolviendo la basura, te putean, te discriminan y si pueden te tiran encima un micro ¿Qué más quiere saber?.

Fue una buena manera de sacarle en una movida maestra el maldito pintoresquismo con que suele mirarse a la pobreza. El hombre conoce de lo que habla y sabe cómo decirlo. Me hizo saber, por si andaba sospechando cosas falsas, que él no era un loco o un excéntrico paseando en carro por la ciudad, sino alguien que trata de sobrevivir trabajando. Allí tendría que haber terminado la charla si este par de páginas no hubiesen estado en blanco todavía.

Para tener otra chance le hice notar que yo sabía algo del oficio, porque mi viejo hizo ese trabajo varios años, allí en Las Heras también, con un carro y un pingo negro que era un sueño y que conservamos en las fotos familiares. Chiche se llamaba, se ve que era grandote, y por el porte de las patas se sabe que era medio percherón.

“Mire usted”, me dijo Miguel dando una vuelta de riendas en la mano para frenar a La Negra un rato y con ganas de charlar. ¿Y dónde era eso?, me preguntó como queriendo ubicarse o pescarme en una mentira. En Panquehua, en la calle Río Negro y San Martín ¿conoce?, Miguel conocía, claro que sí, como conoce el resto de los rincones del Gran Mendoza donde la Negra lo lleva todos los días a ganarse el mango.

Le pregunté si todavía los carreteleros tenían aquel chiste de vocear ¡Compro baterías, fierros viejos, colchones, camas viejas y viejas en la cama!.

Allí el hombre entró en confianza y me dijo que todavía se estilaba y que por ahí esos chistes servían para que la gente en los barrios no los mirara tan fiero. Pero Miguel y la Negra tenían los minutos contados para la charla.

-          Mire, si se va el sol se pone jodido para transitar… y para entrar al barrio ni le cuento, así que me va a disculpar… a no ser que… la única puede ser (a mí me brillaron los ojos de entusiasmo sospechando la invitación) yo paso por su trabajo ahí en Manuel A. Saenz…

 

-          ¿Me tiraría por allí y vamos charlando? – Le pedí.

 

“No hay problema Jefe” Me respondió mientras se apeaba del carro para sujetar a la Negra cortita de las riendas, que no tenía ganas de ser famosa y sospechaba que me iba a tener que soportar un rato más y esta vez arriba del carro.

Miguel me hizo una seña elegante para que a falta de pescante me sentara en una de las barandas y arrancamos al trotecito por Pascual Segura para arriba, una calle que no tiene banquinas y en la que los autos toman bastante velocidad y si vienen medio distraídos frenan de golpe detrás del carro. Entonces empieza la cuchillería de miradas y las señoras perfumadas con boca de carrero.

Miguel se sonrió porque notó como nomás subir al carro pasé de periodista, una profesión con un fasto inmerecido, a carretelero lasherino.

-          No hay que mirarlos porque se ponen piores, hay que ir tranquilo y despacito nomás, despacito se llega y los demás que puteen si quieren putear.

Me aconsejó mi tocayo, que se dio cuenta de que yo me había dedicado a descifrar los insultos de los automovilistas.

-          ¿Pero usted se acostumbra Miguel a lo que insulten?

-          Ya uno ni los escucha, pero a lo que uno nunca se acostumbra es que quieran que no estis.

-          ¿Cómo es eso?, pregunté, ya que la cosa se ponía filosófica.

-          Te pueden putear la madre todo que quieran y tratarte de negro de esto y negro de aquello, pero a lo que a mí me duele, fíjese qué cosa rara, es darse cuenta de que muchos quisieran que desaparecieras. Porque más que joderles el tránsito lo que les amarga es que uno exista. Se sorprenden de que uno esté vivo y de que ande por las mismas calles que ellos andan. Eso duele, uno se lo ve en los ojos a mucha gente, pero hay que mirar para otro lado nomás y echar paciencia…

Le hice caso al Miguel, un baqueano del horror y evité las miradas que venían de los vehículos. A media rienda íbamos con la Negra, con el ritmo de los cascos bien herrados sobre el asfalto, mirando todo desde lo alto, metidos en la sombra de los plátanos centenarios de esa calle fundadora, sofrenando el animal porque sabe que ha terminado su jornada de trabajo y cuando baje por Olascoaga le espera el baño, la rasqueteada y la porción de pasto, rebacillo y maíz que la mantiene así de linda.

De los cien pesos que hizo el Miguel, cincuenta van para la Negra y los otros cincuenta para la familia.

-          Ella tiene que comer todos los días, porque es así, si no… no trabaja la Señora. Nosotros podemos saltearnos algún día y no pasa nada, pero mientras la yegua esté sana y bien comida hay cómo buscarse el mango.

Hablando de la familia Miguel me cuenta que tiene cinco hijos Daniel (24), Andrea (23), Johni (21), Yésica (19), “y el más  chiquito, Mateo, que lo tengo fallecido desde el primero de enero de este año. Un añito y siete meses tenía…”

Los cascos de la Negra fueron pisando el silencio durante un rato largo, el clac clac clac sobre el asfalto nos libró de preguntas o de explicaciones dolorosas. Solo me dijo que iba llevando el duelo despacito, despacio, como al tranco de la Negra y los días iban pasando.

Para salir del paso y desatar el nudo de la garganta le calculé la edad a la Negra, haciéndome el entendido y le erré lejos, muy lejos. Dije cinco años y tiene diez y así fui tropezando de torpeza en torpeza hasta que salimos de la oscuridad dolorosa en la que nos habíamos metido.

Le conté la anécdota de otro mancarrón de tiro que había tenido mi viejo, un zaino clarito al que llamaban Rubio, que se le dio por enfermarse y morirse justo para la fiesta de casamiento de mis padres. Todo el mundo pasaba para el fondo para ver qué le había sucedido al Rubio, pobrecito, y hacerle la última caricia. Resulta que el Rubio había muerto de hidrofobia y todos los invitados a la fiesta terminaron con la panza pinchada con aquellas trece dolorosas y urgentes dosis que se daban entonces para prevenir la enfermedad en casos extremos. El sucedido le causó gracia al Miguel imaginándose semejante fin de fiesta.

Ya cuando habíamos cruzado el Acceso Norte y quedaban pocas cuadras para que yo llegara a mi destino, le pregunté qué se aprendía en la calle después de 20 años de andar, de recorrer, de mirar.

Miguel, acompañando con el mentón el ritmo del carro, me dijo que en la calle “hay de todo mire, de todo, pero hay que hacer como en este laburo, saber elegir lo bueno de lo malo; lo que vale la pena de lo que es desperdicio. Algunas cosas parecen de aluminio y uno se entusiasma, y resulta que terminan siendo de antimonio y no valen ni diez centavos. Eso he aprendido, a cuidarme y a saber elegir, porque las cosas malas están en todas partes… y las buenas también.”

Me bajé del carro y la Negra sacudió la cabeza, dio unos pasos nerviosos hacia adelante, como advirtiéndome que no se me ocurriera volver a subirme, que ya estaba bueno de historias, que ahora el mundo seguía entre ella y su patrón rumbo a los 5000 lotes.

Con un gesto criollo heredado de tiempos mejores, Miguel se tocó la visera de la gorrita despidiéndose cortésmente y aflojó las riendas para aprovechar las últimas luces de la tarde.

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